Sábado 12 de octubre, 2024

Jaén, en feria. El calendario avanza, pero hay ritmos que parecen ajenos al tiempo que miden los relojes. Unas fechas cambiadas, como tantas otras cosas en la historia, en un intento de alinear los días con lo que se siente propicio. Antes era septiembre, cuando las horas aún retenían algo del calor del verano. Pero desde 1558, la feria se celebra en octubre, en honor de San Lucas, patrono de otoños inciertos. La ciudad respira un aire diferente esos días, como si se ralentizara y al mismo tiempo latiera más fuerte.

Y siempre, la lluvia. No importa cuánto uno espere que este año sea distinto; el cielo, como un actor inflexible, sabe cuándo bajar el telón gris sobre las calles empedradas. A veces es una fina cortina, otras, un diluvio que ahoga las luces y apaga las conversaciones en los bares. Pero nunca falta, y quizás sea justo así como debe ser. Algunos se preguntan por qué no se cambian las fechas, por qué no se desafía ese acuerdo tácito con la humedad que empapa los días festivos. Y entonces nos amodorramos, no sólo por el clima, sino por esa costumbre de aceptar lo que llega, de dejarnos arrastrar por la inercia de lo establecido.

Jaén, acera despojada. A veces, caminar por la ciudad es como deslizarse por una galería de arte involuntaria. Los objetos cotidianos, fuera de lugar, de repente cobran otro significado, como si la realidad se desmoronara en pequeños gestos de absurdo. Ahí, en mitad de la acera, imperturbable, un váter se alza con la dignidad de una escultura urbana. No parece abandonado, más bien parece deliberadamente colocado, como si su destino hubiera sido siempre estar ahí, al servicio de nadie y de todos a la vez.

Jaén esconde estos momentos de extrañeza con la misma naturalidad con la que el cielo despliega nubes en octubre. Un váter, a la intemperie, en mitad de una acera transitada, revela la fragilidad de lo que damos por sentado. Es un objeto que pertenece a la intimidad de una casa, a los rincones más discretos, y sin embargo, ahí está, expuesto al viento, a las miradas, como una especie de chiste mudo.

Uno se pregunta, al pasar por su lado, qué historia lo trajo hasta aquí. Tal vez lo dejaron ahí en medio de una reforma, o quizás alguien decidió que su lugar estaba en plena calle, como una pequeña rebelión contra el orden de las cosas. A su alrededor, la ciudad sigue con su ritmo, los coches pasan, la vida continúa. Pero esa imagen se queda grabada, como una brecha en la normalidad, recordándonos que, a veces, el absurdo tiene más poder para revelarnos la verdad que cualquier explicación lógica.

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