Viernes 18 de octubre, 2024

6:40 de la mañana.
La espera, esa pausa indefinida antes del primer movimiento del día, me sorprende en una parada de autobús. El aire frío de la mañana aún no ha sido tocado por el sol, y las flechas en el suelo, indicando direcciones opuestas a mi camino, parecen querer decir algo más. ¿Será una señal? Uno tiende a buscar sentidos ocultos en los gestos más sencillos cuando el día apenas despierta. Quizás es el cansancio o el peso de las rutinas que empuja a ver en cada detalle un presagio. Las flechas, tan rotundas en su claridad, apuntan hacia lo contrario de mi destino, como si insinuaran una desviación, una bifurcación invisible entre lo que es y lo que podría haber sido.

Otra señal.
Frente a mí se alza ese edificio que siempre me ha fascinado, con sus líneas atrevidas y su aire modernista, como sacado de un escenario futurista. No sé si todos lo ven como yo, pero para mí tiene algo de visionario, como si los arquitectos hubieran soñado con un futuro que aún no ha llegado del todo. Cada vez que lo miro, me resulta imposible no imaginar cómo debieron concebirlo en su momento, un reflejo de lo que el futuro debía ser: audaz, innovador, diferente. Hoy, en medio del paisaje urbano, sigue proyectando esa promesa de lo que está por venir. Y ahí, en contraste, la cruz de la iglesia, tan sólida y presente, como si quisiera recordarnos otro tipo de futuro, uno más antiguo, inmutable. Me pregunto si ambos pueden coexistir, si es posible un porvenir compartido por todos. Aunque a veces dudo de que ese sea realmente el deseo de quienes habitan estos espacios sagrados, sé que hay quienes luchan, desde dentro, por construirlo.

El sonido del vapor contra la fachada resuena en la calle vacía, como un aliento mecánico que borra el polvo de los días pasados. El hombre maneja la máquina con precisión, enfocado en su tarea, mientras el vapor se disipa en el aire, diluyendo las marcas del tiempo sobre la piedra. Un poco más allá, alguien recoge sus pertenencias con movimientos lentos, pausados, como si no hubiera prisa, como si quisiera ser olvidado por completo antes de que la limpieza lo alcance. No es la fachada lo que parece desvanecerse bajo el poder del vapor, sino algo más, algo más antiguo, más frágil, como si la calle misma estuviera siendo borrada de sus sombras y presencias indeseadas.

Es un gesto rutinario, casi burocrático, este de limpiar, pero a veces las máquinas, con su insistente ritmo, parecen tener otros propósitos. El hombre sigue con su labor, ajeno a lo que ocurre a unos metros de distancia. Y sin embargo, la escena tiene algo de inquietante, como si la máquina estuviera diseñada no solo para restaurar las fachadas, sino también para aclarar lo que la mirada no siempre quiere ver. Y uno se pregunta qué es lo que realmente estamos limpiando cuando tratamos de borrar el desorden del tiempo.

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