
Siempre hay movimiento en Madrid, como en cualquier gran ciudad, pero aquí el ritmo parece distinto, como si bajo el murmullo constante hubiera un latido secreto que sólo perciben quienes lo buscan con atención. Los escenarios se suceden uno tras otro, cada esquina ofrece su propia vida: cafés llenos de rostros y conversaciones entrecortadas, mercados que respiran el bullicio de la compra diaria, escaparates que reflejan deseos ajenos, esquivos. En Madrid, la vida siempre se viste de actividad, y el trasiego de la gente parece una coreografía espontánea.
Entre esas idas y venidas, uno encuentra a veces pequeños resquicios para detenerse. Hay un momento, tal vez entre un paso y otro, donde se eleva la vista y entonces están ahí, los edificios. Callados, solemnes, portadores de una memoria antigua que ha visto pasar generaciones enteras sin inmutarse.
Y luego está la gente. Personas que, como yo, caminan con algo más que el cuerpo: buscan, tal vez sin saberlo, sus propios escenarios interiores, esos refugios que solo encuentran cuando el ruido de la ciudad se apaga dentro de uno.
Hoy no he estado solo. El paseo, esta vez, ha tenido otro color, otro ritmo. Las manos, por fin, han encontrado su lugar en los botones de la cámara, sin la prisa que suele gobernar mis pasos. He mirado distinto, con más paciencia, dejando que el tiempo me devolviera una mirada más amplia, más serena. Y aunque en estos paseos suelo ser un solitario, hoy la compañía silenciosa ha permitido que la cámara, esa extensión de mi ojo, se tomara su tiempo para capturar no solo lo que veía, sino lo que sentía. Como si por fin el ruido de la ciudad no me distrajera de lo importante.

Si observas con detenimiento, entre el ir y venir de la multitud, encontrarás siempre a quienes miran distinto. Son fáciles de distinguir, aunque a primera vista puedan parecer iguales a los demás. No se dejan arrastrar por la marea de pasos apresurados ni por la inercia que dicta la rutina. Hay algo en su gesto, en la forma en que se detienen y levantan la cámara, que los delata. Son los que buscan, los que no están conformes con la imagen superficial que se les ofrece. Los que saben que la vida, esa que palpita en las esquinas y en los rostros anónimos, tiene capas más hondas, más escondidas.
Hoy, mientras caminaba entre ellos, acompañando a otros que compartían este afán por capturar lo que a menudo pasa desapercibido, sentí que todos llevábamos esa búsqueda silenciosa, casi secreta. No basta con mirar; es necesario aprender a ver. Esas dos personas, entre tantas, se distinguían por algo más que su presencia. Ellas, como yo, miraban hacia otro lado, hacia aquello que la mayoría ignora. Porque para hacer street photography no basta con estar en la calle; hay que saber leer entre las sombras, entre los gestos fugaces, las pequeñas escenas que el tiempo deja atrás sin detenerse.
Son ellas los que buscan en el caos de la ciudad esa historia que aún no se ha contado, esa verdad que solo se revela a quienes se atreven a esperar, a quienes permiten que la ciudad, por un instante, se detenga en su objetivo.

Hay alguien más, alguien que no aparece en la fotografía, porque su ritmo es diferente, más pausado o tal vez más errático, imposible de seguir. A veces se adelanta, otras se queda atrás, como si no le importara sincronizarse con el resto de nosotros. Su mirada es distinta, se detiene en detalles que otros pasarían por alto. No busca lo evidente, lo que la ciudad pone frente a los ojos con descaro. Lo suyo es otra cosa. Quizás le interesa la luz que se cuela por una ventana olvidada, la grieta en la pared de un edificio antiguo, la sombra proyectada por una farola que, para los demás, no sería más que un elemento urbano sin significado.
En nuestro grupo es alguien esencial, aunque su presencia sea más silenciosa, casi imperceptible. Se mueve con una cadencia propia, una especie de danza discreta entre las calles, eligiendo qué capturar y qué dejar pasar. Su cámara no dispara a la ligera; espera el momento, casi con una paciencia que a veces desconcierta, como si lo que buscara no estuviera en la superficie, sino más allá, en un plano que solo ella puede ver.
Mientras nosotros avanzamos, siempre con un ojo en el presente, ella parece moverse en un tiempo diferente, un compás más lento o más profundo. Como si su fotografía no tratara de congelar el instante, sino de darle voz a algo que el resto de nosotros aún no ha aprendido a escuchar. Y sin embargo, de alguna manera, forma parte de esta extraña coreografía que es salir a hacer fotos por la ciudad. Porque aunque su ritmo no sea el nuestro, su búsqueda es la misma: la de encontrar lo que otros, atrapados en la prisa, no alcanzan a percibir.
Equipo: Fujifilm XE1 + objetivo pergear 25mm f1.8
Texto: Manuel Serrano Martínez + IA
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