sábado 26 de octubre, 2024

Madrid, Callao. Es otoño, y uno se da cuenta de inmediato al ver la luz que ya no es la misma; se ha vuelto más tibia y dorada, más melancólica. Es esa luz que acaricia las fachadas con la misma suavidad con la que el tiempo va erosionando las aristas de un recuerdo. Por eso, empecé hoy mirando al cielo, a las nubes deshilachadas sobre la plaza, al azul que, en esta estación, parece siempre un poco más profundo, como si absorbiera el paso de las estaciones y los pasos de la gente que ha pasado por aquí.

Hoy no tenía ganas de fotografiar a nadie. No por desinterés, sino por cansancio. Quizá porque detrás de cada fotografía hay demasiadas pequeñas concesiones, tensiones invisibles: ese leve asentimiento de una persona que acepta salir, o la cautela al enfocar para que nadie se sienta invadido, para evitar los gestos de incomodidad o las preguntas sobre los derechos de imagen. Cada rostro tiene su historia, y cada historia tiene sus motivos, y tal vez hoy no me sentía en condiciones de negociar esas historias a cambio de una imagen.

Hay días en los que uno desearía simplemente capturar la vida sin ese intercambio silencioso, sin preguntarse si alguien se detiene en medio de la escena por respeto o porque espera algo a cambio. Sin preguntarse si ese desconocido que pasa justo frente al objetivo aparecerá luego con una demanda inesperada, o una solicitud insistente de que le haga más fotos, como si al capturarlo se volviera parte de una narración en la que no pidió participar. Es un juego de tensiones que, con el tiempo, pesa. Y hoy, más que de rostros, necesitaba llenar mi cámara con las texturas de las paredes, los reflejos de las ventanas, el juego de sombras en los adoquines que se extienden bajo mis pies.

Me pregunto si es el momento de cambiar la perspectiva, de reconfigurar lo que significa para mí la fotografía de calle. ¿Buscar la huella humana sin mostrar rostros? ¿Explorar el paisaje urbano y perderme en las luces y sombras, en los colores desgastados de los edificios y las calles que me han acompañado tanto tiempo? Quizá se trate de encontrar una forma nueva de ver Madrid, de recorrerla sin esa urgencia por capturar personas y volver, simplemente, a ser un observador de espacios, de lugares que son suyos propios, y de narrar lo que es eterno en lo que parece pasajero.

Madrid, con sus calles y sus plazas, guarda historias que puedo sentir y ver sin necesidad de buscarlas en nadie. Sea como sea, me queda un largo camino por delante, que quiero seguir recorriendo, en esta ciudad o en cualquier otra que me encuentre. Tal vez, en esta búsqueda, descubra una mirada que no necesita rostros, sino atmósferas, paisajes en los que Madrid se vuelva tanto más ella misma cuanto menos la fuerzo a detenerse en la individualidad de quienes la habitan. Un Madrid sin interrupciones, libre, abierto a quien quiera verlo sin condicionamientos.

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