sábado 09 de noviembre, 2024

Salir temprano a caminar – o mejor dicho, a flotar, porque estas horas todavía no saben de soles ni de serotoninas. Y mira que me vendría bien un chute químico de esos que, dicen, te levanta el ánimo en otoño, esa estación que parece diseñada por un guionista de cine nórdico: gris, larga, y solo apta para los amantes del drama. Pero ahí voy, caminando en la penumbra, cámara en mano, tratando de capturar algo que despierte el ánimo o al menos sirva para el feed.

La misión parece sencilla: encontrar una buena foto, una que te diga, «mírame, aquí estoy, tengo algo que contar». Otra cosa, claro, es que la consiga. A estas alturas, la cámara y yo nos miramos con resignación, como diciendo: «a ver si hoy sí, ¿no?»

Para amenizar el asunto, un podcast o algo de música en los oídos. Un poco de ruido organizado que acompañe este deambular sin mucha intriga, porque si de intriga se trata, la tengo ya con mi apartamento: un espacio a medio decorar que de momento se parece más a un set de rodaje que a un hogar. Intento hacer que cobre algo de vida, que diga algo que sea «yo», pero con el mundo en modo apocalipsis socio-político, la verdad, me faltan ganas de encontrar respuestas.

Así que simplemente paseo y hago clic, como si la cámara fuera mi manera de exorcizar las preguntas que no quiero contestar. Clic para la foto, clic en mi cabeza, en una especie de mantra improvisado, buscando alguna imagen o pensamiento que me saque una sonrisa sardónica, al menos, en medio de tanto caos.

Pero la sonrisa sardónica no apareció, porque la foto buena no salió. Claro, eso sería pedir demasiado. La cámara se limitó a captar lo que vio: un par de sombras, tal vez un rayo de luz equivocada, y un par de hojas caídas que al final no tenían nada de poéticas. Así que ahí quedé, con el mismo ánimo de siempre, medio apático, medio esperando que el mundo me dé alguna señal de que todo esto tiene algún sentido, aunque sea un poco oscuro.

Antes de volver a casa, y de casualidad, no estaba planeado, pasé por delante de la tienda Leica en Madrid. Lógicamente, está en la zona que está por algo, aunque no tiene mucho que ver con la fotografía; originariamente era para fotógrafos serios, pero ahora parece más bien el templo de los famosos serios, o no tan serios, eso sí, siempre con pudientes. Siempre he escuchado que la cámara no importa, que lo importante es el ojo de quien mira. Y de repente, me encontré a mí mismo pensando si todo esto del ojo será tan cierto cuando no se puede pagar el alquiler con la mirada. Pero claro, ahí estaban, las cámaras relucientes, los lentes perfectos, en un escaparate que parecía decir, “si no tienes una Leica, ¿realmente eres un fotógrafo?” Como si uno necesitara una cámara cara para capturar la vida, cuando lo único que hace falta es tener algo que contar.

Categories:

Deja un comentario