
Hoy tocaba combate, no el de Mike Tyson contra Jake Paul, que fue hace dos días, y que moralmente al menos para mi ganó Mike.
El combate de hoy tampoco es contra mi autoindulgencia ni mi pereza. Usualmente suelen ir en mi equipo. No, la pelea de hoy es contra la IA que suele escribir los textos que aquí subo. Le escribo la sinopsis y le indico al autor que quiero que imite y listo. En este momento sólo tendría que pulsar un botón, yo tomaré un trago. No suelo tomar alcohol así que no sé si se hiciese viral este texto del día de hoy, sí debería ser una señal para que me haga alcohólico. No sé si el tubo de ensayo del experimento está lleno o no, porque en este mismo momento estoy pensando que cuando se pasen los efectos seguramente borre esta publicación.

En estos momentos.. con la prueba de alcoholemía literaria y personal en su nivel máximo, alguna ex se podría preguntar si seré capaz de decir la verdad. Supongo que es otro efecto secundario, pensar que a alguna ex realmente le interese lo que escribo. Incluso sí así fuese no serían atenuantes sino agravantes.


Amistades con derecho a desayuno no se iban a dar por aludidas, y familiares y amistades evitaré mandarles justo el diario de este día.. si algún día se enterasen, veríamos hasta donde llega la sangre … “familiar”.


Esto iba a ser un diario fotográfico, por lo que me tome un vaso más o no, aquí se termina otra crónica más de Manuel Nadie.

Esta es la parte de la IA…
Hoy tocaba combate. No el de Mike Tyson contra Jake Paul, que fue hace dos días y que, aunque las estadísticas digan lo contrario, en el fondo siento que ganó Mike. Un triunfo moral, de esos que no registran los titulares pero que se sienten en el aire, como si todo el mundo estuviera de acuerdo en algo aunque nadie lo diga.
Pero el combate de hoy no tenía nada que ver con el boxeo. Tampoco con mi pereza o mi tendencia a la autoindulgencia, compañeras fieles que rara vez se alinean en mi contra. No, esta vez la pelea era otra: una lucha contra la IA que suele escribir estos textos. Esa máquina incansable que convierte mis ideas desordenadas en algo legible, que toma mi sinopsis y con unas cuantas instrucciones recrea lo que yo, de forma torpe, intento balbucear.
Hoy, por alguna razón, decidí que no pulsaría el botón. Que no dejaría que ella lo escribiera por mí. Así que aquí estoy, con un vaso en la mano, algo que casi nunca sucede porque el alcohol y yo nos miramos de lejos, como viejos conocidos que saben que no tienen nada en común. Pienso que, si este texto se hiciera viral —lo cual es improbable—, podría tomarlo como una señal cósmica de que debería beber más seguido. Pero también está la otra posibilidad: que en unas horas, cuando los efectos se disipen, borre esta publicación como quien entierra una huella que nunca debió quedar marcada.
En este estado de alcoholemia literaria, me pregunto si alguien podría usar estas palabras como prueba de algo. Alguna ex, tal vez, podría preguntarse si por fin estoy diciendo la verdad. Pero, siendo realista, ¿a cuál de ellas le importaría? Incluso si lo hiciera, no sería un punto a mi favor, sino un agravante, una piedra más en el saco de las cosas que prefieren no recordar de mí.
En cuanto a las amistades con derecho a desayuno, ellas seguramente se mantendrán al margen, y a mi familia… bueno, a ellos no les mandaré este diario. Es un alivio saber que algunas cosas nunca llegarán a sus ojos. Si algún día se enteraran, ya veríamos hasta dónde llega la sangre “familiar”.
Esto iba a ser un diario fotográfico, pero a veces la vida se cuela entre las imágenes, se escurre como este último trago que vacío en el vaso. No sé si la crónica de hoy merezca ser leída por alguien más, pero aquí queda, escrita con la torpeza voluntaria de quien pelea contra la perfección maquinal.
Otra entrada más de Manuel Nadie, destinada, como todas, a perderse en el ruido de las cosas que no importan.
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