Sábado 15 de noviembre, 2025

La habitación está en silencio, como si cada objeto hubiera decidido guardar una forma de respeto. Las lámparas colgantes, el cuadro gastado del fondo, incluso el suelo de madera parecen contener la respiración. Ella se coloca en el centro sin buscarlo, como quien vuelve a un lugar que ya conoce: una zona de claridad donde la luz, tenue y oblicua, no pide explicaciones.

No posa. Solo está. Y en esa manera de estar hay una determinación tranquila, como si hubiese aprendido a aceptar que el cuerpo es un territorio que cambia y que, a veces, se levanta sobre sus propias ruinas. Lleva consigo las marcas visibles de lo que ha pasado, los dispositivos que la acompañan ahora como una segunda piel. Durante mucho tiempo pensó que aquello la convertía en algo que no debía mostrarse; que la herida, al hacerse externa, le había robado la forma de reconocerse.

Pero en el instante preciso en que la cámara se enciende, ocurre algo distinto. No hay pudor ni vergüenza: sólo la evidencia de una mujer que sigue aquí, que sigue habitándose a pesar del dolor y de los días difíciles. Se mira sin indulgencia y sin temor, como si la imagen fuera un espejo que por fin la acepta completa. Las bolsas, la cicatriz, la fragilidad, todo lo que parecía destinado a ocultarse forma ahora parte de una historia que no necesita heroísmo para ser verdadera.

Lo que la fotografía revela no es lo que falta, sino lo que permanece: la firmeza de sus piernas, la delicadeza con la que sostiene su abdomen, la serenidad nacida de haber atravesado el miedo y seguir en pie. La cámara no embellece ni corrige; simplemente registra la dignidad inesperada que nace cuando alguien decide dejar de esconderse.

Al disparar, entiendo que esta imagen no es un testimonio del daño, sino de la continuidad. De cómo el cuerpo, incluso herido, puede ser un lugar de regreso. De cómo se puede encontrar belleza en la supervivencia, sin convertirla en consigna ni en hazaña. Ella no es una abominación: es una presencia. Y en la penumbra tranquila de la habitación, esa presencia llena el espacio con la fuerza silenciosa de quien vuelve a sí misma.

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