Viernes y sábado 23,24 de enero de 2026. Madrid – Becerril de la Sierra

AMISTAD, FRÍO, EL BINGO DEL MUNDO

Salí de trabajar un viernes por la tarde y tomé el camino hacia Becerril de la Sierra, donde vive un buen amigo con su familia. El viaje, a esa hora, es sencillo: los viernes viaja sobre todo la gente que vuelve a casa, los que pertenecen al lugar o, como yo, los que tienen allí a alguien que los espera. El sábado es distinto: colas, paciencia forzada, una hora larga —a veces dos— aguardando un autobús como si fuera una concesión del azar.

El primer paseo lo dimos ya de noche. Su casa tiene la rara fortuna de abrirse directamente a la montaña, como si el mundo civilizado se acabara en el umbral trasero.

La contaminación lumínica no borraba la oscuridad, la deformaba: luces lejanas suspendidas en el aire, un paisaje casi espectral, irreal, como si camináramos dentro de una fotografía mal revelada.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano y salimos por esa misma puerta. Queríamos ir más lejos, pero pronto entendimos que no era el momento.

Ni las condiciones ni nosotros estábamos preparados, todavía. Así que ajustamos el plan, que también es una forma de sensatez que se aprende con los años.

Hacía frío. Frío de verdad. Aire, rachas de viento, una ventisca que parecía empeñada en probarnos. Aun así, conseguimos llegar al mirador que teníamos en mente. Desde allí arriba, con el cuerpo tenso y la cara castigada, pensé en la suerte callada de poder elegir. De poder disfrutar de ese clima si a uno le apetece, bien abrigado, sabiendo que al final del camino hay una casa caliente. Pensé que, de haber nacido en otro lugar, ese mismo frío no sería una experiencia estética ni una excursión compartida, sino una lucha diaria por sobrevivir, sin la ropa adecuada, sin una vivienda que proteja.

Hace años imaginé una performance que nunca llegué a realizar. La imagen volvía de vez en cuando, con la obstinación de ciertas ideas que no se agotan. Un bingo. Un bingo en el que los dioses de las distintas religiones se sentaban a jugar con las almas de las personas. Las bolas giraban dentro del bombo y, al salir los números, se decidía el destino de cada cual: el lugar de nacimiento, el cuerpo que tocaría habitar, las posibilidades —o la ausencia de ellas— que acompañarían una vida entera. El azar como coartada, el sistema como certeza.

Los dioses no intervenían directamente. Había camareras y camareros que atendían las mesas: curas y monjas sirviendo al dios cristiano, una mujer con burka ocupándose de la mesa del dios musulmán, cuya presencia era solo una ausencia, un asiento vacío, porque su imagen no podía representarse. El público observaba el desarrollo del juego desde fuera, aunque en realidad era parte de él: éramos las bolas, números sin historia que caen en un tablero ya decidido. Antes de cualquier elección, antes incluso de la conciencia, la vida como resultado de una combinación arbitraria que determina lo que será permitido, lo que será castigado, y lo que nunca llegará a ser posible.


Mientras bajábamos del mirador, con las manos entumecidas y el cuerpo cansado, pensé que la amistad, el frío y estas ideas incómodas tienen algo en común: te obligan a estar presente. A no mirar hacia otro lado. A aceptar que el mundo, como ese bingo imaginado, reparte cartas sin justicia, y que entenderlo no lo arregla, pero al menos impide que lo demos por normal.

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