Domingo, 1 de febrero de 2026. Madrid

VIOLACIÓN, BELLEZA Y BACH, Y JUANMA BAJO ULLOA

Paseo por Madrid en una mañana lluviosa del 1 de febrero de 2026. La ciudad tiene ese tono gris que no entristece, sino que invita a pensar despacio, a acompasar el paso con el ritmo íntimo de lo que uno va recordando sin querer. Camino con un libro en las manos, el de James Rhodes, al que muchos conocimos primero por sus palabras antes que por su música, y al que el azar —o algo más generoso— acabó convirtiendo en un compatriota más.

Mientras leo, vuelvo a pensar en el acoso. En el suyo, feroz e inimaginable, y en el mío, más doméstico, más pequeño, pero no por eso inocuo. El daño no se mide por comparación, sino por las grietas que deja. En mi caso, la confianza también fue erosionándose, casi sin darme cuenta. Yo había sido, de niño, uno de esos personajes de cuento: el niño rubio, de ojos muy azules, el guapo del pueblo. No el único, pero sí lo bastante distinto como para ser señalado.

Aquello no duró. Y quizá el final llegó justo cuando habría empezado a ser útil, cuando uno empieza a mirar a las chicas y a mirarse a sí mismo con otros ojos. Desde entonces —no sé si por los golpes visibles o por los invisibles— me fui sintiendo como un patito feo, una imagen que se instala y cuesta mucho desalojar.

Es ahora, a los cincuenta, cuando empiezo a pensar que hace años ya podría haber pedido ayuda. Que quizá habría sido posible desactivar ciertos comportamientos, ciertas ideas fijas que me han acompañado como un lastre silencioso. Pero el tiempo no se corrige: se asume. Y es ahora cuando decido tomar las riendas, dejar atrás a algunas personas del pasado y empezar a pensar, con algo de cuidado, en las del futuro. Decidir, al fin, qué quiero hacer de verdad. En mi caso, algo tan sencillo y tan postergado como ponerme a pintar.

Nunca he sido de música clásica. O eso creía. Pero la pasión con la que James Rhodes habla de ella tiene algo contagioso, algo que desarma la resistencia del profano. Y también está el azar menor —aunque no menos decisivo— de haber conocido hace poco a una mujer a la que le gusta la ópera, y también la música clásica.

Así que camino bajo la lluvia, con el libro cerrado un momento, pensando en cómo el dolor, la belleza y la música —Johann Sebastian Bach, incluso sin haberlo escuchado aún de verdad— se cruzan en la vida de uno sin pedir permiso. Y en cómo, a veces, empezar de nuevo no consiste en cambiarlo todo, sino en escuchar por primera vez lo que siempre estuvo ahí.

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