FOTÓGRAFO: Manuel Serrano Martínez
EQUIPO: Fujifilm XT1
TEXTO: IA + una idea genérica mía
CRUCE DE CAMINOS
Bérgamo

Había una señal caída y casi olvidada en el suelo de la Città Alta, en Bérgamo, que parecía decir mucho más que una simple indicación viaria. Me quedé observándola, un resto de metal contra el empedrado frío y centenario, una reliquia de direcciones que ya a nadie parecían importar. Pero para mí, esa señal vencida, señalando con una terquedad muda sus dos direcciones opuestas, contenía la verdadera y brutal razón de vivir. Allí, entre las sombras de los muros de piedra lombarda, estaba condensada toda la mecánica invisible de nuestras decisiones: las que tomamos con arrojo y, sobre todo, aquellas que dejamos pasar por puro cansancio o miedo. Ese breve titubeo antes de doblar una esquina que termina por decidir el curso entero de una biografía.
Es ese mismo mecanismo implacable el que, tarde o temprano, hace que la gente se separe. Un buen día, uno de los dos desea, con una fuerza que ya no es amor sino una urgencia de destino, tomar el camino contrario. Y sin embargo, bajo la luz mortecina de Bérgamo, quiero creer que existe una resistencia, una forma de lealtad que desafía a la geometría. Dependerá de la fuerza de la unión el que consigan caminar en paralelo, como dos notas en una partitura que se buscan sin tocarse, o que al menos sus sendas vuelvan a cruzarse en estaciones inesperadas antes de perderse definitivamente en la niebla del tiempo.

Esa señal por los suelos me hizo pensar en una escala mucho más amarga. ¿Por qué no podemos lograr ese equilibrio con las naciones? Últimamente parece que cada país ha decidido tensar la cuerda, alejando sus caminos hasta el insulto, incluso bombardeando las rutas de los otros, como si destruir el mapa ajeno nos hiciera más dueños del propio. Quizá no nos damos cuenta, en nuestra ceguera de fronteras, de que puede que no nos quede ningún lugar al que llegar, simplemente porque habremos arrasado el paisaje mientras intentábamos alcanzarlo.
Y en esa marcha forzada, el orden es el de siempre, el que dicta la historia con su letra de sangre. Al frente van los de siempre, los vulnerables, los que son arrojados a los bordes del camino para que no estorben. Y mucho después, cuando el polvo se ha asentado, aparecen ellos en sus carrozas, deslizándose sobre la tragedia con una indiferencia elegante. Esa señal en el suelo de Bérgamo era, al final, un espejo: nos recordaba que el camino es frágil y que, a veces, la dirección más importante es la que nos obliga a mirar a quien camina a nuestro lado.
Venecia

El envés del decorado: hombres y mujeres en el agua
Hay una Venecia de cartón piedra, una ciudad que se ofrece como una máscara de carnaval bajo los focos del atardecer, donde las góndolas parecen deslizarse por un tiempo suspendido y sin esfuerzo. Pero esa es la ciudad para los ojos ajenos. Detrás, o mejor dicho, debajo, en el nivel del agua turbia y los cascos desconchados, late la Venecia verdadera: la de los hombres y las mujeres que cargan el mundo sobre sus hombros.
Observo estas fotografías y veo la desmitificación del mito. En el Gran Canal, la barca Bruna no transporta amantes ni promesas, sino el peso sordo y necesario de la mercancía. Esa fatiga silenciosa es la que sostiene el mármol. Vemos la fachada, la tracería gótica de las ventanas, pero ignoramos que esa belleza se mantiene en pie porque hay personas —mujeres que gestionan el comercio local, hombres que descargan materiales de obra— que se dejan la salud reparando lo que el salitre devora. Son ellas y ellos quienes, desde las oficinas invisibles detrás de las loggias o desde la proa de una barca de suministros, aseguran que la ciudad no sea solo un museo vacío.

Incluso la barca de la fruta, con sus cajas apiladas de piñas y verduras, surcando el agua con un rastro de espuma blanca, nos recuerda que Venecia no se alimenta de aire ni de leyendas. Se alimenta del esfuerzo de quienes se levantan antes de que el primer turista despierte para abastecer los mercados. Nos empeñamos en mirar la máscara de oro, lo que brilla por pura apariencia, y olvidamos que lo hermoso —lo verdaderamente hermoso— es ese engranaje invisible de voluntades cotidianas.

Quien hace que la ciudad permanezca, quien impide que se hunda definitivamente en el fango de la historia, no es el visitante que suspira en un puente, sino esa comunidad de trabajadores y trabajadoras que aceptan la incomodidad de una vida anfibia para que el resto del mundo pueda seguir soñando. La belleza es solo el resultado final, el barniz; la verdad está en el pulso de quienes no salen en las postales, pero sin los cuales, la postal sencillamente se disolvería en la laguna.

Pero la ciudad, como una actriz veterana que sabe que su sustento depende de la adulación, no tarda en desplegar su otra cara. Es la Venecia que el turista reclama, la que se ofrece en los escaparates y en las terrazas de manteles inmaculados, esperando a ser consumida. Sin embargo, hay algo en estas escenas —una luz cenicienta, una distancia insalvable— que nos advierte de que incluso en lo típico reside una forma de soledad.
Miro la fotografía de ese restaurante vacío, con las sillas de hierro dispuestas como un ejército en tregua bajo el puente. Una mujer sonríe en la esquina del encuadre, envuelta en un abrigo de piel que parece un disfraz contra el frío húmedo de la laguna. Es la imagen del deseo cumplido: estar en Venecia, frente a un canal, sentada a la mesa del privilegio. Pero la hilera de copas vacías y mesas desiertas le da al momento un aire de escenario teatral antes de que empiece la función, o quizás cuando ya ha terminado y solo queda el eco de las risas pagadas.

Y luego está la máscara. Esa figura blanca y fija que viaja en el vaporetto Actv 87, rodeada de rostros humanos y cansados que miran sus teléfonos o el paisaje que ya no ven. Es una imagen perturbadora. La máscara, que debería ser el símbolo de la fiesta y el misterio, aparece aquí como una presencia muda y fantasmagórica en el transporte público, una metáfora perfecta de lo que hemos hecho con la ciudad: hemos convertido su identidad en un objeto inanimado que viaja junto a nosotros, pero que ya no tiene ojos detrás.

Desde lo alto, la mirada se pierde en el Gran Canal sumergido en la bruma. Los palacios se desdibujan, perdiendo su solidez de piedra para convertirse en proyecciones mentales. Una góndola cruza el agua gris, y desde esta perspectiva, el gondolero ya no es un trabajador de manos curtidas, sino una silueta negra, casi mitológica, que transporta almas de una orilla a otra de la niebla.

Vemos la máscara porque es lo que nos han enseñado a buscar. Vemos el lujo de las fachadas y la simetría de las mesas porque es el consuelo que compramos. Pero entre el brillo de la puesta en escena y la bruma que todo lo envuelve, queda la sospecha de que la verdadera Venecia sigue ahí, escondida, riéndose de nosotros detrás de su propio decorado, mientras los hombres y las mujeres reales siguen manejando los hilos, las barcas de carga y los motores, invisibles a plena luz del día.

Hubo un tiempo en que llegar a Venecia era un asalto a los sentidos, una emboscada de salitre, reflejos cambiantes y el rumor constante del agua chocando contra el limo. Hoy, sin embargo, parece que hemos interpuesto una barrera de cristal y silicio entre nuestra alma y el mundo. Observo esta escena en la parte exterior del vaporetto, al aire libre, y siento una melancolía que Antonio Muñoz Molina describiría como la derrota definitiva de la experiencia directa.
Están sentados allí, sin vidrio que los separe de una de las vistas más extraordinarias del planeta. Tienen Venecia delante, a su alrededor, una presencia física, abrumadora en su grandiosidad brumosa. La brisa marina, con ese olor a marea y antigüedad, les roza la piel; el chapoteo del agua contra el casco es el único sonido que debería importar. Pero sus ojos no están en la piedra, ni en la difusa silueta de los palacios que emergen de la niebla como recuerdos borrosos. Sus ojos están cautivos en la pequeña pantalla del teléfono móvil. Están capturando la realidad para certificar que estuvieron allí, pero al hacerlo, se olvidan de estar. Venecia se convierte en un archivo de píxeles, en una imagen plana y sin aroma, mientras la verdadera ciudad —la que huele a humedad milenaria y se siente en la brisa fría que corta la cara— transcurre a su lado, ignorada.
Es una paradoja cruel: tenemos la grandeza delante, casi al alcance de la mano, y preferimos mirarla a través de un marco de cinco pulgadas. Renunciamos al placer de perder la mirada en el horizonte difuso, de dejarnos hipnotizar por el rastro de la estela en el canal, de respirar ese aire espeso y único que solo pertenece a esta laguna. Hemos sustituido el asombro por el registro, la vivencia por el testimonio digital.
Esos rostros iluminados por la luz artificial del dispositivo, en mitad de la penumbra natural de la tarde y expuestos al viento, son el símbolo de nuestra época. Viajamos miles de kilómetros para seguir encerrados en la misma ventana digital de la que venimos, incluso cuando la ventana real está abierta de par en par. Venecia, con toda su carga de historia y de trabajo invisible, sigue allí afuera, ofreciéndose generosa a quien se atreva a dejar el teléfono en el bolsillo y simplemente mirar. Pero mientras el vaporetto avanza, ellos siguen allí, buscando en la pantalla una belleza que ya tienen delante, pero que son incapaces de reconocer si no es a través de un filtro, incluso cuando el viento de la laguna les da en la cara.
Milán

Llegar a Milán es sentir de golpe que el suelo ha dejado de oscilar. Aquí el paso es firme, casi marcial. En las calles de esta ciudad, la belleza no se deja ganar por el tiempo; se impone con una voluntad de hierro y diseño. Observo la primera imagen, esa parada de autobús bajo una arquitectura neoclásica, y veo el contraste que define esta metrópoli: la mujer que camina con un abrigo oscuro, ensimismada en su propio destino, mientras a su espalda el cristal de la marquesina refleja un mundo que va más rápido de lo que los ojos pueden procesar.

Entramos en la Galleria Vittorio Emanuele II, ese salón del mundo donde el lujo es una religión de mármol y luz cenital. Bajo la cúpula, la escala humana parece reducirse, pero las actitudes se agrandan. Me detengo en la figura del anciano con bastón que cruza frente al escaparate de Prada.

Hay algo profundamente literario en ese hombre: camina con la dignidad de quien ya lo ha visto todo, cruzando por delante de maniquíes iluminados que prometen una juventud eterna y artificial. Él es el tiempo real, el tiempo que desgasta y da carácter, frente al tiempo congelado y estéril de la moda.

Y en medio de ese templo de la apariencia, surgen destellos de una alegría que parece no pertenecer al lugar. Una joven con un vestido de cuello blanco se detiene en el centro del mosaico, inclina la cabeza hacia atrás y ríe o mira hacia la inmensidad de la estructura. En ese gesto, rompe la seriedad de la galería. Es una nota discordante y necesaria. A su alrededor, la gente sigue orbitando: hombres que consultan el teléfono, turistas que buscan el ángulo perfecto, sombras que pasan.

Incluso el mostrador de los helados, con esas montañas esculpidas de gelato bajo el cristal, parece una extensión de la arquitectura milanesa. Nada es casual; la comida aquí también aspira a ser monumento, a ser contemplada antes que devorada.
Milán nos ofrece una máscara distinta a la de Venecia. Aquí no hay carnaval, hay prestigio. No hay bruma, hay reflejos. Caminamos por un suelo que brilla como un espejo, buscando nuestra propia imagen en los escaparates, sin darnos cuenta de que la verdadera ciudad está en ese anciano que no mira las vitrinas, o en esa mujer que espera el autobús ajena a la grandiosidad de las columnas que la rodean. Es la ciudad de los que están, frente a la ciudad de los que solo parecen estar.
Cierro el cuaderno con la sensación de que Italia no es un lugar, sino un estado de la mirada. Me llevo conmigo el eco de los pasos en el empedrado de Bérgamo, el aroma a salitre y gasoil de las barcas de carga en Venecia y el brillo severo de los cristales milaneses. Al final, viajar no ha sido otra cosa que aprender a distinguir lo que permanece de lo que solo deslumbra; entender que, mientras nosotros buscamos la belleza en la pantalla de un móvil o en el rótulo de una tienda de lujo, la vida verdadera —la más hermosa y la más ruda— sigue ocurriendo siempre a nuestras espaldas, en manos de quienes, sin esperar ningún aplauso, sostienen cada día el mundo sobre sus hombros.
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