martes 22 de octubre, 2024

Levantarse a las cuatro de la madrugada, en ese momento de la noche en que la realidad se distorsiona y el cuerpo aún no ha aprendido a desprenderse del sueño, porque hay trámites que, en su absurda lógica, parecen más llevaderos a esa hora. Caminar por calles desiertas, donde el silencio pesa, y mientras avanzas, te descubres pensando en la muerte, esa presencia que se va volviendo algo más tangible, más corriente, despojada de su antiguo halo de misterio. La muerte, durante algunos días, parece desdibujarse en la lejanía de las noticias, en esas cifras que se acumulan con una frialdad que deja el alma insensible, salvo cuando toca de cerca, cuando el nombre de alguien querido aparece en esa lista invisible que nunca dejamos de temer.

Y aún así, pensamos que somos afortunados. Nos toca, al menos, vivir en una ciudad donde los muertos no deben ser evacuados entre los escombros de una guerra. No hay sirenas que advierten del peligro inminente, ni bombas que caen desde el cielo sin aviso. Aquí, los cuerpos viajan en ambulancias que sólo tienen que enfrentarse al tráfico lento y a la impaciencia de los vivos, como si ese fuera el único obstáculo digno de mencionar. Nos permitimos la comodidad de una muerte que sigue el orden de lo cotidiano, mientras en otros rincones del mundo la tragedia no descansa, ni siquiera bajo los escombros.

Sigo caminando hacia el trabajo, ese destino inevitable que, con el paso de los años, se ha ido transformando en una especie de muerte lenta, una muerte burocrática que no mata el cuerpo, pero sí devora horas, minutos, el tiempo en su esencia más pura. No me arrebata la vida de golpe, pero cada día se lleva una parte de ella, como un tributo silencioso que pago al sistema. Y mientras mis pasos resuenan en el asfalto, me pregunto si este ir y venir mecánico no es en sí una renuncia, un alejamiento constante de esa otra vida, la que imagino más allá del deber, donde el tiempo no está tasado y donde la existencia se despliega en sus formas más placenteras, más libres.

Tengo la suerte de que, a pesar de que ese trabajo se asemeje a una muerte lenta, hay rescoldos de vida que emergen de las sombras del deber. Momentos efímeros que se manifiestan en las decoraciones de Halloween que adornan las fachadas de los vecinos. Mientras desarrollo mi trabajo, me detengo a observar cómo las calabazas talladas y los fantasmas de papel cuelgan con alegría burlona, como si retaran a la rutina gris con su vitalidad.

Esos detalles festivos, tan inesperados en medio del orden y la seriedad de mi jornada, se convierten en pequeños refugios de humanidad. En medio de la seriedad burocrática, las risas ocultas detrás de esas decoraciones resuenan en mis pasos, recordándome que, incluso en el paisaje de lo cotidiano, hay lugar para la sorpresa y el deleite. Las sonrisas que me brindan mis fotos son un recordatorio de que, aunque el tiempo se nos escape, siempre hay espacio para el disfrute y la magia de lo simple.

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Una respuesta a «martes 22 de octubre, 2024»

  1. Avatar de Isa
    Isa

    fabuloso los comentarios!

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